Vivero Carrascal: un siglo cultivando la historia de Santiago

 

Ubicado en la estratégica esquina de avenida Carrascal con avenida Walker Martínez, existió durante casi un siglo uno de los viveros más antiguos e importantes de Chile. Hasta abril de 2026, el Vivero Carrascal fue mucho más que un lugar dedicado a la producción de árboles y plantas ornamentales: fue un verdadero oasis escondido en la comuna, un pilar fundamental en el desarrollo de las áreas verdes del Gran Santiago y el hogar de un legado familiar que atravesó varias generaciones. Desde sus tierras salieron miles de ejemplares que dieron vida a numerosas plazas y parques emblemáticos de la capital, entre los que destacan el Parque Balmaceda, el Parque Bustamante y el Parque Forestal, cuyos jardines conservan hasta hoy la huella de ese trabajo silencioso.

 


Fotografía de la familia Castro Lara en la entrada principal al Vivero (Av. Carrascal 4250).


Fotografía de la entrada a la Casa de los Castro Lara por Av. Carrascal (2026).

La historia de este emblemático lugar está profundamente ligada a la vida de su fundador, Luis Castro González, un hombre cuya pasión por la jardinería comenzó desde la infancia. Con apenas ocho años, Luis trabajaba en los jardines del Parque Quinta Normal, lugar donde conoció a mademoiselle Elena Perpiñán, una floricultora francesa originaria de Périgueux y propietaria del tradicional Vivero Capuchino, ubicado en la esquina de Bulnes con Santo Domingo. Impresionada por su inteligencia, dedicación y talento natural, Elena lo incorporó a su vivero, lo formó en el oficio y lo acogió como a un hijo putativo. Al no haber formado una familia propia ni tener descendencia, la profesional francesa transmitió a Luis todos sus conocimientos acumulados en una vida dedicada a la horticultura, convirtiéndolo en su más cercano colaborador y en su única familia.

 

Fotografía de Luis Castro Gónzalez, con aproximadamente 20 años.

 

De pie Luis Castro González sentada a su izquierda mademoiselle Elena Perpiñán.

 

Años más tarde, cuando Luis decidió emprender su propio proyecto, mademoiselle Perpiñán tomó la decisión de cerrar el Vivero Capuchino para sumarse a esta nueva etapa, aportando su experiencia y acompañándolo hasta su fallecimiento en 1950. En 1929, Luis contrajo matrimonio con Teresa Lara Lara, hija mayor del ingeniero francés Andrés Dubois, propietario de la histórica Casona Dubois. Fue precisamente en ese lugar donde la pareja celebró sus nupcias. Como regalo de matrimonio y símbolo de la profunda confianza y afecto que los unía, Elena le cedió a Luis los terrenos donde posteriormente levantaría el Vivero Carrascal. De la unión entre Luis y Teresa nacieron tres hijos: María Elena (1932), Mireya (1934) y Andrés (1936), quienes crecieron entre árboles, flores y el ajetreo cotidiano del negocio familiar.

 

Fotografía de Luis Castro Gónzalez y Teresa Lara, en el día de su boda, en los jardines de la Casona Dubois.

Fotografía de algunos de los invitados a la boda de Luis y Teresa, en los jardines de la Casona Dubois.

 

Fotografía de Luis Castro Gónzalez y Teresa Lara con algunos de sus nietos y sobrinos en el corredor de la casa familiar en el vivero.

 

En sus inicios, el Vivero Carrascal abarcaba una superficie aproximada de 5.500 metros cuadrados, extendiéndose por casi toda la manzana y llegando hasta las inmediaciones de lo que hoy corresponde a la Autopista Central. Sin embargo, la transformación y el crecimiento de la ciudad alteraron profundamente este espacio. El terreno fue reducido tras dos procesos de expropiación realizados por el Estado de Chile: el primero permitió la apertura de la avenida Carrascal, mientras que el segundo, de mayor magnitud, dio paso a la construcción de la Autopista Central. Como resultado, sobrevivieron poco más de 2.000 metros cuadrados, superficie que el vivero logró conservar hasta el cierre definitivo de sus actividades.


Fotografía de Luis, Teresa y 2 de sus hijos al interior de uno de los invernaderos del vivero.


Vestigios que aún quedan en pie del invernadero (2026)

A lo largo de su vida, Luis Castro se dedicó con permanente inquietud a enriquecer el patrimonio arbóreo nacional, viajando a distintos países para recolectar semillas y nuevas especies que luego introdujo en Chile. Entre sus aportes más destacados se encuentra la incorporación del liquidámbar a mediados de la década de 1930. Con el paso del tiempo, este árbol de intensos colores otoñales se convirtió en una de las especies ornamentales más características de plazas, parques y avenidas de todo el país. Tras el fallecimiento de Luis Castro, ocurrido el 6 de junio de 1966 a los 66 años, su hijo menor, Andrés Castro Lara, asumió la responsabilidad de continuar el legado familiar, y con posterioridad su nieto, hijo de Andrés. Durante décadas, Andrés mantuvo vivo el espíritu del vivero, preservando la tradición y los conocimientos heredados de su padre y de mademoiselle Perpiñán. Aunque sus puertas cerraron en abril de 2026, la historia del Vivero Carrascal permanece entrelazada a la de una ciudad que creció junto a sus árboles, vivo testimonio de que detrás del paisaje urbano que habitamos existen personas cuya dedicación ayudó a dar forma a Santiago.

Fotografía del obituario dedicado a Luis Castro en el N°41 de la Revista del Club de Jardines de Chile, en invierno de 1966.


 


Ejemplares de Liquidámbar en Parque Casona Dubois.

Fotografía de Teresa junto a 2 de sus hijos, en el cobertizo de su casa, en terrenos del vivero.

Fotografía de lo que quedó de la casa del vivero, mostrando el mismo cobertizo de la fotografía anterior (2026)

Fotografía de la esquina de la casa principal en terrenos del vivero. De pie don Luis y su esposa Teresa.

Fotografía sacada el 2026 de lo que queda de la casa familiar.